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Historias del Coronavirus X: que guais somos o el buenrollismo como explotación laboral

  • 25 marzo, 2020

Os lo digo en serio, trato de no ser hipocondriaca. Sin embargo, gracias a una doctora italiana que describe la enfermedad en facebook con sádico y morboso detalle y la insistencia de mi cerebro de echar cuentas con las estadísticas más pesimistas, no salgo más que una vez por semana a la tienda. Bueno, bajo también la basura, pero eso está frente casa y casi no cuenta

Ayer fui al supermercado, en lugar de a las tiendas pequeñas que acostumbro frecuentar y en las que las normas de higiene alcanzan niveles de laboratorio científico. Me ha recibido un mar de guantes desechables esparcidos por el suelo y me puse  en la cola mientras  agradecía mentalmente a los anteriores clientes el detalle de dejar por ahí sus posibles virus bien repartiditos. He ido a echar el desinfectante y poner los guantes cuando el segurata me ha indicado que no, que primero haga la cola hasta la puerta y los guantes, al entrar. Vale. Primer dilema: coger el carro, que pasaría por cientos de manos, antes de poner guantes. Menos mal que, comu os dije, trato de no ser hipocondriaca.

Hago cola gratamente sorprendida de la religiosa urbanidad con la que nos mantenemos en la línea negra y amarilla, ni un paso por delante ni un paso para atrás, nos miramos con un aquel sospechoso.

Y por fin, 12 minutos después, entro. Vale, aquí se la acabó distancia de seguridad.

Los estantes están bien servidos, no falta material, y gente tampoco. La mayoría llevan la cesta con tres o cuatro cosas, y yo voy colmando el carro para la semana y pienso si no estaré pasándome un poco.

En mi vida he visto tantos hombres hacer compra, varios marchan nada más con la barra de pan y unas cervezas, poco más, pero otros  miran la lista despistados y buscan entre las estanterías, llamando por teléfono para aclarar dudas: les falta práctica. Una paisana se quita los guantes para abrir bolsa de la frutería y toquetea bien todos los tomates antes de escoger los que quiere, ante el gesto espantado de otra que, adivino, hoy hará la ensalada sin tomate. Un chiquillo salta alrededor de una mamá agotada, aprovechando que esta se siente obligada a comprar todo el que el enano, arteramente, toca y lleva para el carro. Una parejita con chandal pijo se saca selfies mientras compran cacahuetes y dos latas de cocacola, adivino que estarán subiendo a instagram aquello de «esta tarde toca peli y sofá, haha». Una mujer agobia a la reponeora, no encuentra su tinte castaño caoba de la marca Garnier y lo necesita con urgencia; no, no puede cambiar de marca, ni de color, ni esperar más, o sea una verguenza. Un matrimonio mayor con mascarilla y un carro cada uno meten allá tres unidades del casi todo lo que van encontrando por el camino, bien, no soy la más exagerada.

En la carnicería una mujer con evidentes problemas de comprensión se acerca una y otra vez al expositor para ver bien los precios, aplastando el dedo contra el cristal para señalar lo que quiere, mientras la carnicera, con el culo apegado al otro extremo del mostrador, se niega a ponerselo mientras no se aleje un par de pasos; menos mal que al rato viene la hija a buscarla, disculpándose «perdonarle, tiene demencia, se ha escapado de casa mientras yo trabajaba». Hago por darle un poco conversación a la joven mientras me atiende

-Menos mal que de lo malo salís más pronto.- dejo caer, para marcar  la diferencia diciendo algo positivo. – cerrais a las 7, ¿no?

Para mi sorpresa me mira comu si estuviera preguntando algo extremadamente comprometido, casi intimo.

– No, nos hacen quedar aquí hasta la hora normal de salir para hacer cosas.- como estoy torpe y encima soy un poco metomentodo, insisto

– Bueno, pero ¿qué cosas?

-Cosas – repite misteriosa.

Pago en la caja con la mosca tras la oreja y casi me pierdo bronca de la cajera para con un paisano de traje que practicamente se tira encima del anterior cliente para llenar rápido su bolsas «esperas a que marche ella para salir tú» «hay sitio para los dos» «hay normas» «yo me las paso normas por el forro los cojones» le suelta, con un par, dejándola con las lágrimas asomando, entre el cansancio y la rabia.

Ya en casa llamo a una amiga que trabaja en un supermercado de la misma cadena, pero en otra ciudad.

– Oye, qué es eso de que haceis «cosas» después de cerrar al público y no os dejan ir para casa hasta la hora. ¿Es verdad?

-Si ne, no nos dejan salir, pero yo no lo hago, me niego. La encargada dirá misa pero yo paso, cuando acage esto tendré problemas.

-Pero… ¿qué cosas os mandan hacer? – la intriga me reconcome.

-Bueno, ¿puedes tú viste todo ese buenrollismo, los aplausos de las empleadas, las fotos con cartelitos de ánimo, las coreografías y demás material promocional de la empresa que se mueve por las redes? Mentira todo. No es que te obliguen, pero la gente no se atreve a decir nada, con el rollo de que «somos un equipo» y estamos, bueno, como sabes que estamos… A algunos les hace ilusión, síii, porque no tendrán fiesta de otra manera. Pero, luego están las tímidas, las que estamos cansadas, y a las que nos parece una chorrada y un abuso. Publicidad de la buena y gratis. En cambio, yo la soy única que se niega en mi centro a hacerles la comedia.

Cagontó. Y yo que iba a compartir el playback de Queen en la seción de limpieza…

 

Esta obra está licenciada bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional.

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